Irene Molina

11 septiembre - 7 octubre 2025
MADRID

Máquinas deseantes

Suave /ˈswɑːv/ smoothly gracious in manner
Everyone says she’s as suave in person as she is on screen

en persona i a la pantalla
Fragmento del poema de Alba Mayol “Dura vol ser carnosa”, del libro “Blandito Blandito” de Blanca Arias.

En algún momento dejamos de imaginar la nube como un vapor blanco y ligero. Aprendimos que está hecha de naves industriales enormes, pasillos interminables de racks metálicos, luces frías parpadeando, ventiladores que zumban como una respiración constante. Miles de metros cuadrados ocupados por servidores que almacenan nuestras fotos, conversaciones, modelos 3D, deseos y errores. Todo lo que creemos intangible tiene dirección postal, temperatura, peso. La nube ocupa espacio.

“Máquina” viene del griego “mēkhanḗ”: artefacto, recurso ingenioso, medio para activar algo. No siempre fue un aparato físico, también podía ser una estratagema, una solución para torcer el curso de los hechos. Dicen que comparte raíz con “magh-“ (poder, ser capaz), la misma que dio forma a palabras como magia y majestad. “Deseo” viene del latín “desiderare”: sentir la falta de las estrellas. Se usaba cuando un navegante, mirando al cielo, no encontraba la señal que esperaba. Era un anhelo orientado por la astronomía: esperar algo que brilla lejos y aún no llega.

Mis objetos han vivido primero ahí, en la nube como datos, entre discos duros y cables de fibra óptica que cruzan océanos. Han habitado un paisaje industrial. Han sido líneas de código y polígonos en una pantalla, antes de condensarse en algo que puedo tocar. Porque todos los días trasladamos partes de nuestra vida a esos lugares, confiando en que siempre estarán ahí. Las piezas nacen de un archivo común que circula por la red. Ese hilo interminable que aparece en las pantallas con la promesa: "esto es lo más tierno que verás hoy". Gestos amables. Cajas negras. Conocemos entradas y salidas. Dentro, existe una combinatoria opaca que aun así produce formas. Cada obra actúa como interfaz: recibe input devuelve output. No sabemos qué ha sucedido, pero ahora es materia.

Pienso en el ensayo “El Anti Edipo” de Deleuze y Guattari, donde utilizan el concepto de Máquinas deseantes: se puede sintetizar en engranajes que no dejan de producir conexiones. En mis piezas, ese flujo digital se encarna en volúmenes que se tocan, se abrazan, se repiten, se multiplican. Lo que fue información ahora es piel, pliegue, relieve que recuerda a un músculo. Una nube que pesa y ocupa espacio. “Máquinas deseantes” presenta un sistema en crecimiento. Cada obra orienta el deseo, deja rastro y abre pasajes. Materia para seguir buscando estrellas con las manos.

Texto: Irene Molina

Máquinas deseantes
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